Skepsis:
La investigación y la duda permanente son las bases de la skepsis. (Σκέψεις)


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May 24, 2012
@ 1:45 am
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Divide y recupera

“Nos falta una historia seria de la cooptación, que no reduzca el pensamiento empresarial a un chiste”, escribe el historiado estadounidense y crítico cultural Thomas Frank[19]. En su historia de las industrias publicitaria y de la moda, titulada The Conquestof Cool, intenta delinear las estrategias específicas que convirtieron lo “hip” sesentista en lo “hegemónico” de los noventa,transformando unas industrias culturales tontamente conformistas en industrias mucho más poderosas e inteligentes, basadas en una oferta pletórica de “individualidad, diferencia y rebelión auténticas”. Con multitud de ejemplos, muestra cómo los deseos de los automarginados de la clase media en los sesenta fueron traducidos rápidamente en imágenes y productos mercancía. Evitando la simple teoría de la manipulación, Frank concluye que los publicitarios y diseñadores de moda implicados en este proceso tenían uninterés existencial en transformar el sistema. El resultado fue un cambio en “la ideología mediante la cual los negocios explicaban su forma de dominar la vida nacional”, un cambio que Frank relaciona, pero sólo de pasada, con un concepto de David Harvey,“acumulación flexible”[20]. Más allá de la crónica de la cooptación estilística, lo que todavía está por explicar son las interrelaciones entre motivaciones individuales y las justificaciones ideológicas, así como las complejas funciones sociales y tecnológicas de este nuevo sistema económico.

Podemos tomar como un punto de partida las sugerentes afirmaciones de los analistas de negocios Piore y Sabel. En el libro La segunda ruptura industrial, de 1984, sus autores hablan de una crisis de regulación, “que sobreviene cuando se cae en la cuenta de que las instituciones existentes ya no pueden asegurar una relación armónica entre la producción y el consumo de mercancías”[21].

Piore y Sabel identifican dos de estas crisis en la historia de las sociedades industriales, las cuales hemos ya considerado a través de los ojos de la Escuela de Francfort: “el ascenso de las grandes empresas, a finales del siglo XIX, y del Estado de bienestar keynesiano, en la década de 1930”[22]. Nuestra propia época ha sido testigo de la tercera de tales crisis: la recesión prolongada de los años setenta, que culminó con las crisis petroleras de 1973 y 1979, y que se vieron acompañadas de tensiones laborales endémicas a lo largo de toda la década. Esta crisis trajo consigo el colapso institucional del régimen fordista de producción masiva y del Estado de bienestar, y de ese modo estableció el escenario para un a ruptura industrial que los autores sitúan a comienzo de la década de 1980:

“Llamamos ruptura industrial a los breves momentos en los que el camino del desarrollo industrial está en cuestión. En tales momentos, conflictos sociales que aparentemente no guardan entre sí relación determinan la dirección del desarrollo tecnológico para las décadas siguientes. Aunque los industriales, trabajadores, políticos e intelectuales sean apenas conscientes de que se enfrentan a elecciones tecnológicas, las acciones que ejecuten modelarán las instituciones económicas durante largo tiempo en el futuro. Las rupturas industriales son por tanto el telón de fondo o el marco de las crisis de regulación subsiguientes”[23].

Basándose en observaciones del norte de Italia, los autores describen la emergencia de un nuevo régimen de producción llamado “especialización flexible”, que caracterizan como “una estrategia de innovación permanente: acomodo al cambio incesante, más que esfuerzo por controlarlo”[24]. Abandonando la planificación centralizada de los años de posguerra, esta nueva estrategia funciona mediante el agenciamiento de pequeñas unidades de producción independientes empleando equipos de trabajo cualificado con kits de herramientas multiuso, y depende además de formas relativamente espontáneas de cooperación entre tales equipos, con el fin de poder satisfacer a bajo costo y gran velocidad las exigencias rápidamente cambiantes del mercado. Para los autores, este tipo de empresas se remontaban a las formas artesanales de inicios del siglo XIX, antes de la primera ruptura industrial que condujo a la introducción de maquinaria pesada en el sistema de producción masivo. Por supuesto que en 1984 Piore y Sabel no podían predecir la importancia que habría de adquirir un tipo concreto de productos totalmente ajenos a cualquier cosa que podamos asociar al siglo XIX: el ordenador personal y los sistemas de telecomunicación[25]. Sin embargo, la relación que trazaban entre la crisis de la regulación institucional y la ruptura industrial nos puede ayudar a comprender el papel clave que el conflicto social –y la crítica cultural que ayuda a enfocarlo– ha cumplido a la hora de modelar las formas organizativas y la propia tecnología del mundo en que vivimos.

¿Cuáles fueron entonces los conflictos que convirtieron la informatización y las telecomunicaciones en los productos centrales de la nueva ola de crecimiento económico que comenzó tras la recesión de la década de los setenta?, ¿cómo afectaron estos conflictos a los regímenes de trabajo, gestión y consumo?, ¿qué grupos sociales fueron integrados en la nueva hegemonía del capitalismo flexible, y de qué manera?, ¿cuáles fueron rechazados, o violentamente excluidos, y cómo se encubrió esa violencia?

Hasta el momento, el conjunto más completo de respuestas a estas preguntas lo han dado Luc Boltanski y Eve Chiapello en su libro El nuevo espíritu del capitalismo, publicado en 1999[26]. Su tesis es que cada era o “espíritu” del capitalismo debe justificar su compulsión irracional por la acumulación integrando o “recuperando”, al menos parcialmente, la crítica de la era anterior, de manera que el sistema pueda hacerse, cuando menos para sus propios gestores, de nuevo tolerable. Identifican dos principales retos para el capitalismo: la crítica de la explotación o lo que llaman “crítica social”, desarrollada tradicionalmente por el movimiento obrero, y la

crítica de la alienación o lo que llaman “crítica artista”. Esta última, afirman, fue tradicionalmente un asunto literario menor, pero devino mucho más importante con la educación cultural masiva llevada a cabo por las universidades del Estado de bienestar.

Boltanski y Chiapello examinan los destinos de los principales grupos sociales en Francia después del tumultuoso 68, cuando la crítica social se unió a la crítica artista. Muestran cómo a la fracción más organizada de la fuerza de trabajo le fueron concedidas ganancias económicas sin precedentes, a pesar de que la producción futura estaba siendo progresivamente reorganizada y deslocalizada para tener lugar fuera del control sindical y de la regulación estatal. Pero también demuestran cómo la joven clase de aspirantes a la dirección, tanto quienes estaban aún en la universidad como quienes se encontraban en los escalones más bajos de las empresas, se convirtieron en el principal vector de la crítica artista del autoritarismo y de la impersonalidad burocrática. El elemento fuerte del libro de Boltanski y Chiapello reside en su demostración de cómo la figura organizativa de la red [network] surge para proporcionar una respuesta mágica a la crítica cultural antisistémica de la década de los cincuenta y la de los sesenta; una respuestamágica al menos para la clase aspirante a puestos directivos.

¿Cuáles son los atractivos sociales y estéticos de la organización y la producción reticular? Primero, se mitiga la presión de una jerarquía rígida y autoritaria, eliminando la compleja estructura de administración intermedia de las empresas fordistas y abriendo conexiones fluidas, entre iguales, para todos los miembros de la red. Segundo, la comunicación espontánea, la creatividad y la fluidez relacional se pueden fomentar en una red como factores de productividad y motivación, superando así la alienación de los procedimientos impersonales y racionalizados. Tercero, una movilidad extensiva puede verse tolerada e incluso solicitada, en la medida en que las herramientas de trabajo se ven cada vez más miniaturizadas o devienen puramente mentales, permitiendo que el trabajo se transmita por canales de telecomunicación. Cuarto, la estandarización de los productos, que fue la marca visible de la alienación del individuo durante el régimen de producción masiva, se puede atenuar mediante la configuración de redes de producción a pequeña escala o incluso de microproducción, destinadas a producir series limitadas de objetos a medida o servicios personalizados[27]. Quinto, el deseo se puede estimular y productos nuevos, rápidamente obsolescentes, se pueden crear trabajando directamente en el ámbito cultural, en particular tal y como éste se ve codificado por la tecnología multimedia, lo cual permite tanto atender a la demanda de significado por parte de empleados, empleadas y clientes, como resolver parte del problema de la caída de la demanda de bienes de consumo duraderos producidos en las fábricas fordistas.

Una manera de resumir todas estas ventajas sería decir que la organización reticular devuelve al empleado o empleada –o, mejor dicho, al ‘prosumidor’ (productor-consumidor)– la propiedad de sí mismo o de sí misma que la empresa tradicional buscaba comprar en forma de fuerza de trabajo mercantilizada. La estricta división entre producción y consumo tiende a desaparecer y la alienación parece superarse, dado que los individuos aspiran a mezclar su trabajo con su ocio[28]. Incluso la empresa comienza a concebir el trabajo de manera cualitativa, como una esfera de actividad creativa de autorrealización. El ‘hombre conexionista’ –lo que yo llamaría the networker– se libera de la vigilancia directa y de la alienación paralizante para convertirse en gestor de su propia actividad autogratificante, en la medida en que esta actividad se traduce en algún punto en intercambio económico valioso, el sine qua non para permanecer en el interior de la red.

Obviamente, los jóvenes publicistas y diseñadores de moda descritos por Thomas Frank pudieron ver el interés de este tipo de relajamiento de las jerarquías. Pero también desde el punto de vista ideológico y sistémico la autoposesión y la autodirección del networker son provechosas: respondiendo a las demandas de Mayo del 68, esta autogratificación se convierte en el perfecto argumento legitimador para la continuada destrucción, por parte de la clase capitalista, de las pesadas, burocráticas, alienantes y sobre todo costosas estructuras del Estado de bienestar, que por otra parte representaban una parte importante de las ganancias históricas que los trabajadores y las trabajadoras habían obtenido mediante la crítica social. Cooptando la crítica estética de la alienación, la empresa reticular es capaz de legitimar la exclusión gradual del movimiento de los trabajadores y trabajadoras y la destrucción de los programas sociales. Así, a través del proceso que Raymond Williams llama la “tradición selectiva”[29], la crítica artista se convierte en uno de los ejes de la nueva hegemonía inventada a comienzos de la década de los ochenta por Reagan y Thatcher, perfeccionada en la década siguiente por Clinton y el inimitable Tony Blair.

Para recuperarse de los contratiempos de los años sesenta y setenta, el capitalismo devino doblemente flexible, imponiendo contratos de trabajo precarios y ‘deslocalizando’ los sitios de producción para escapar de la regulación del Estado de bienestar, utilizando este aparato de producción fragmentada para crear las seducciones al consumo y el estímulo a las carreras profesionales que se necesitaban para recobrar la lealtad, tanto de gestores y gestoras potencialmente revolucionarias, como de trabajadores y trabajadoras intelectuales. Este doble movimiento es el que da origen al sistema concebido por David Harvey como un régimen de “acumulación flexible”, una noción que describe no solamente la estructura y disciplina de los procesos de trabajo en red, sino también las formas y periodos de vida útil de los rápidamente obsoletos productos de diseño personalizado que van a ser creados, además de los nuevos y más volátiles modos de consumo que el sistema promueve[30]. Para las necesidades de la crítica cultural contemporánea debemos reconocer, como piedra angular de esta transformación, el papel que juega el ordenador personal, ensamblado –al igual que sus accesorios de telecomunicación– en maquilas de alta tecnología repartidas por todo el mundo. El ordenador personal, técnicamente una calculadora, se ha visto transformado por su uso social en una máquina de imágenes y lenguaje: el instrumento productivo, el vector comunicativo y el receptor indispensable de los bienes inmateriales y los servicios semióticos que ahora conforman el sector líder de la economía[31].

El ordenador y sus dispositivos complementarios son herramientas simultáneamente industriales y culturales que encarnan el acuerdo que resolvió temporalmente las luchas sociales desatadas por la crítica artista. La libertad de movimiento, idealizada en las figuras del nomadismo y del deseo errante, se encuentra en el centro de este acuerdo provisorio. El ordenador portátil sirve como instrumento móvil de control sobre el trabajo precario y los procesos de producción fragmentada, mientras que al mismo tiempo deja libertad al directivo o directiva nómada para disfrutar de formas de movilidad tanto físicas como fantasmáticas. Miniaturiza exitosamente el acceso personal a lo que resta de las funciones burocráticas, mientras que abre un canal privado hacia los ámbitos del capital virtual o ‘ficticio’, los mercados financieros en los que la plusvalía se produce como por arte de magia, a pesar de los cada vez más numerosos signos físicos de crisis y decadencia. Es así que el paradigma organizativo reticular garantiza una autonomía que se puede canalizar hacia una nueva disciplina productiva, en la que la gestión de las relaciones sociales a distancia es un factor clave, constantemente abierto a una doble interpretación. Reconocer esta profunda ambivalencia del ordenador en red –es decir, la manera en que sus potenciales comunicativos y creativos se han convertido en la base de una ideología que enmascara sus funciones de control remoto– es reconocer la sustancia y la fragilidad del acuerdo sobre el que se ha construido el régimen de acumulación flexible del capital globalizador.

Dispersión geográfica y coordinación global de la manufactura, producción justo a tiempo y distribución por contenedor, aceleración generalizada de los ciclos de consumo y fuga del capital sobreacumulado hacia la esfera financiera que opera a la velocidad de la luz, cuyos movimientos se reflejan y estimulan entre tanto por la evolución igualmente rápida de los medios de comunicación globales: éstas son algunas de las principales características del régimen de acumulación flexible tal y como se ha desarrollado desde finales de la década de los setenta. David Harvey, como muchos teóricos marxistas, ve esta reorganización transnacional del capital como la reacción a las luchas sociales, las cuales tendieron cada vez más a limitar los niveles de recursos y la explotación laboral posibles en el espacio de regulación nacional. Un razonamiento semejante es el que utilizan los analistas Piore y Sabel cuando afirman que “[ algunos] conflictos sociales que aparentemente no guardan entre sí relación determinan el curso del desarrollo tecnológico” en el momento de una ruptura industrial. Pero, a pesar de que sus autores no reconocen la plena ambivalencia del ideal-tipo que describen, es la división analítica que Boltanski y Chiapello ofrecen de los movimientos de resistencia de los sesenta –diferenciando las dos corrientes de la crítica, artista y social– la que nos permite finalmente comprender cómo las formas estéticas y las estructuras organizativas específicas de la personalidad flexible comenzaron a cristalizar, desde mediados de los ochenta, para completar la recuperación capitalista de –y desde– el tumulto democrático de la década de los sesenta.

Extracto del Artículo:

“La personalidad flexible. Por una nueva crítica cultural”

Brian Holmes.

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Links:

Thomas Frank - “The conquest of Cool”

http://www.firstload.com/?uniq=9734fbdc64c437ae&log=47382&fn=the+conquest+of+cool

http://www.firstload.com/?uniq=9734fbdc64c437ae&log=47382&fn=the+conquest+of+cool


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May 11, 2012
@ 3:21 pm
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Norma Wiener: una promesa humanista a contracorriente.

     - En 1948, Norbert Wiener (1894-1964) publica Cibernética o control y comunicación en animales y máquinas. Esta obra, en la que se entrecruzan observaciones de procesos de control fisiológicos y neurofisiológicos (contracción del músculo cardiaco, presentaciones del sistema nervioso como un todo integrado) y formalización de una teoría general sobre los sistemas tecnológicos de control, es el punto de partida de la “ciencia del pilotaje” o cibernética. Esta denominación ha sido escogida por su referencia al gobernalle (governor) o timón automático de los barcos, uno de los primeros aparatos en haber pensado “por sí mismos”, una de las primeras formas, y una de las mejor desarrolladas, de mecanismo de feed-back o retroalimentación. La concepción cibernética de la causalidad es circular: ya no hay inteligencia central que irradia desde la cima, responsable de la toma de decisiones, hacia la que converge la información y que difunde su decisión a través de una jerarquía de agentes, sino una organización un sistema, de control descentralizado e interactivo.

   Por su potencial para desconcentrar y descentralizar, postula Wiernerm la información está en el origen de una “segunda revolución industrial”. Una revolución portadora de la promesa de liberación de la ciudadanía. Renunciando a una definición estadística de información, la extiende al conjunto de los “medios de recogida, utilización, almacenamiento y transmisión de la información”: radio, cine, teléfono, telégrafo, correo, libros, prensa, pero también al sistema escolar y a la Iglesia. La esperanza depositada en las máquinas de comunicación viene acompañada de serias reservas: para que estén en medida de contrarrestar la entropía, la información ha de poder circular sin trabas. Ahora bien, en la sociedad contemporánea, el juego del poder y del dinero la impide y “de todos los factores antihomeostáticos, el control de los medios de comunicación es el más eficaz y más importante”. Para encontrar un sistema de valores morales, susceptible de liberar el potencial liberador de la información, habría que empezar por no pensar en términos exclusivos de venta y mercado. Wiener se inquieta no sólo por la tendencia a la monopolización y mercantilización de las fuentes de información, sino por las implicaciones militares de la ciencia instrumentalizada: “Hace falta una cierta mezcolanza de zalamerías, soborno e intimidación para inducir a un joven científico a trabajar en los misiles dirigidos o la bomba atómica. Para incitarlos, tenemos nuestras máquinas para medir la audiencia radiofónica, nuestros sondeos de opinión, nuestra recogida de muestras y otras investigaciones psicológicas de las que es objeto el hombre de la calle; y siempre hay estadísticos, sociólogos y economistas dispuestos a vender sus servicios a estas empresas. Felizmente para nosotros, estos mercaderes de mentiras, estos explotadores de la credulidad, no han alcanzado todavía un grado de perfección tal que todo les sonría.” (Wiener, 1948, pag. 168).

   Wiener pertenece a una generación convencida de la pertinencia de las políticas Estado-providencia cuya eficacia, según él, ha podido comprobarse durante el New Deal. Sólo la tentativa keynesiana podría, a su juicio, sujetar el factor antihomeostático que se oculta en la racionalidad del mercado. Cree en la misión salvífica de la ciencia y el científico: el nuevo conocimiento ha de evitar que la humanidad se sumerja nuevamente en el “mundo de Berger-Belsen e Hiroshima”. Su escepticismo impide, no obstante, compartir la mística del progreso infinito que, en 1945, llevo a Vannevar Bush a proponer en su informe al presidente de los Estados Unidos, Science: The Endless Frontier, un programa de apoyo masivo del Estado a la investigación y a la educación, con vistas a acelerar el advenimiento de una era “posthistórica”. Un programa que el inicio de la guerra fría arrumbará en los cajones.”

Armand Mattelart

“Historia de la sociedad de la Información”

http://www.4shared.com/office/IUal9swN/mattelart_armand_-_historia_de.html


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May 9, 2012
@ 9:32 pm
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Taylor y Ford: la filosofía del norteamericanismo.

        -Alrededor del año 1890, Frederick Winslow Taylor (1856-1915) empieza a llevar la contabilidad del tiempo/movimiento en el seno de la fábrica. Los controladores, equipados con un watch book o cronómetro disimulado en un libro hueco, rastrean los gestos del obrero. En 1911, el ingeniero vuelca su experiencia de la organización de la división de trabajo en Principios de management científico. Coincidencia: 1911 es el año en que la hora es alineada con Greenwich y los husos horarios se hacen “universales”. La economía política liberal pronto se ve en el clásico de la dirección científica, que consagra la aparición de la clase de los gestores, la culminación del recorrido iniciado con el recorrido de Adam Smith sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones y continuando con el estudio de Charles Babbage sobre la economía manufacturera (Marshall, 1919). A partir de 1918, el poder soviético a su vez, rinde pleitesías al taylorismo. No sin antes haber declarado la neutralidad de esta “ciencia de la organización del trabajo”. Disociada de su función de explotación capitalista, esta última consagrada como el prototipo de la organización racional del conjunto de la sociedad socialista. Esta en ciernes el leitmotiv de la “revolución científica y técnica”. La doctrina oficial no parará de proclamar que sólo la sociedad socialista será capaz de rematar esta conmoción, toda vez, que el modo de producción capitalista está enzarzado en la anarquía de la competencia.

   Para la economía de mercado, quedan todavía formular los principios de la dirección científica del campo del consumo. En 1908, Henry Ford se permite ofrecer un coche a precio módico. En 1913, introduce en sus factorías los procedimientos de trabajo en cadena. La movilización de la guerra retrasará la aplicación del fordismo como modelo global de regulación social. En los años veinte, las técnicas del marketing se instalan como herramienta de gestión del consumo masivo. La puesta en circulación de las nociones de gestión de la opinión y de ingeniería del asentimiento indica el embeleso por un nuevo modo de gobierno de la democracia de masas, hábil dosificación de información y censura (Lippmann, 1922; Lasswell, 1927). Los gobiernos han aprovechado las enseñanzas del uno intensivo de la propaganda en el transcurso de la primera guerra total. Espectadoras de la acción y no participantes, las masas, arguyen los teóricos de la opinión pública, deben ser controladas, por su propio bien, por una minoría inteligente, una clase de especialistas. La precoz formulación de estrategias internacionales en la Unión Soviética y en los países del Eje legitimará la contrapropaganda. Sondeos y barómetros de opinión se suman a la logística de la estrategia de salida de la crisis implantada por el New Deal. El matemático Paul Lazarsfeld (1901-1976), mascarón de proa de la sociología funcionalista de los medios de comunicación, reivindica el recuento como criterio de cientificidad y se alinea con la demanda de las empresas. Arthur Nielsen, que en los años veintes había acuñado la noción de cuota de mercado (market share), implanta, en 1939, el audímetro, la primera medición de audiencia.

   En 1929, el italiano Antonio Gransci interpreta el “fordismo” como un avatar de la “filosofía del (norte)americanismo”. Con el nuevo método de producción, se insinúa un modo de vida integral, una cierta forma de pensar y sentir la vida. La racionalización del sistema de producción lleva a cabo la unión entre la fábrica y la sociedad, entre la vida privada y la pública. La vigilancia gerencial del trabajo intensivo con cadena se combina con el encuadramiento ideológico en, y de, la vida privada. La coerción se conjuga con la convicción. Y Gramsci pone como ejemplo la reactivación de las ideologías sexuales, puritanas, y dirigidas a la familia, que acompañan al “nuevo industrialismo”. También señala que este nuevo modo de regulación social exige la decadencia de intelectuales no positivos. Sólo los “intelectuales orgánicos” tienen cabida en la sociedad regulada por el tamdem taylorismo-fordismo (Gransci, 1929).    

   Lobotomía tayloriana y ciencia fordiana constituyen el telón de fondo sobre el que se poen de manifiesto las distopías de Evgueni Zamiatin (1918, 1921), y Un mundo feliz de Aldous Huxley (1932). Los Tiempos modernos de Charles Chaplin no andan lejos. La velocidad ha entrado al servicio de la obsesión productivista, la del hombre-medida sometido a desenfrenadas cadencias.


Armand Mattelart

“Historia de la Sociedad de la Información”